InicioEric Vanden Berghe abogado en Larios Penal; la nueva frontera de la...

Eric Vanden Berghe abogado en Larios Penal; la nueva frontera de la prueba penal

Durante décadas, el proceso penal se construyó sobre categorías relativamente estables: declaraciones testificales, documentos físicos, reconocimientos, periciales clásicas o intervenciones telefónicas. Sin embargo, en apenas unos años, la realidad probatoria ha cambiado de forma radical. Hoy, una parte esencial de cualquier investigación penal gira en torno a teléfonos móviles, aplicaciones de mensajería instantánea, geolocalizaciones, correos electrónicos, registros digitales, redes sociales, plataformas cifradas y dispositivos electrónicos capaces de reconstruir prácticamente cada aspecto de la vida de una persona.

Desde la experiencia diaria de Larios Penal, resulta evidente que el teléfono móvil se ha convertido en el principal escenario probatorio de gran parte de los procedimientos penales modernos. Ya no hablamos únicamente de una herramienta de comunicación. Hablamos de un dispositivo que contiene relaciones personales, actividad profesional, ubicaciones, fotografías, historiales de navegación, hábitos de comportamiento y, en muchos casos, información suficiente para reconstruir años enteros de vida privada.

Precisamente por ello, cualquier acceso a ese contenido exige un control especialmente riguroso desde la perspectiva de los derechos fundamentales.

Sin embargo, el verdadero desafío ya no radica únicamente en la obtención de la prueba digital. El problema comienza a situarse en un plano mucho más complejo: la autenticidad.

La irrupción de la inteligencia artificial generativa ha abierto un escenario completamente nuevo para el Derecho probatorio. Los denominados deepfakes permiten generar imágenes, vídeos o audios artificiales con niveles de realismo cada vez más difíciles de detectar. La propia Unión Europea y el legislador español han comenzado a reaccionar ante este fenómeno mediante nuevas iniciativas regulatorias dirigidas a reforzar los mecanismos de transparencia, identificación y control de contenidos sintéticos.

La cuestión jurídica ya no consiste únicamente en determinar si una prueba es relevante o pertinente. Para el CEO de Larios Penal la pregunta previa será, cada vez con mayor frecuencia, si esa prueba es auténtica.

Por primera vez en la historia, la tecnología permite fabricar con enorme credibilidad hechos que nunca ocurrieron. Diversos estudios internacionales vienen advirtiendo desde hace años de las crecientes dificultades para diferenciar contenidos reales de contenidos generados artificialmente. Incluso en ámbitos especializados, la detección humana de voces sintéticas o manipuladas presenta márgenes de error significativos, especialmente conforme evolucionan los modelos de inteligencia artificial.

Esta situación obliga a replantear algunos de los principios clásicos de valoración de la prueba.

Existe una tendencia creciente a atribuir a la tecnología una apariencia de objetividad casi automática. Con frecuencia se asume que un mensaje, una fotografía, una conversación extraída de un dispositivo o una geolocalización constituyen elementos prácticamente irrefutables. Sin embargo, la experiencia demuestra justamente lo contrario: cuanto más sofisticada es la tecnología, más complejos son también los riesgos de manipulación, alteración o interpretación errónea.

Por ello, conceptos tradicionalmente considerados secundarios adquieren ahora una relevancia central: la cadena de custodia digital, la extracción forense de datos, la integridad de los dispositivos intervenidos, la trazabilidad de la información o la calidad técnica de las periciales informáticas.

En este contexto, el trabajo de la defensa penal adquiere una importancia aún mayor. La labor del abogado ya no puede limitarse al análisis jurídico tradicional. Resulta imprescindible comprender cómo se obtiene la evidencia digital, cuáles son sus vulnerabilidades y qué garantías deben concurrir para que pueda considerarse una prueba fiable.

La progresiva expansión normativa en materia de inteligencia artificial. España ha impulsado recientemente nuevas medidas regulatorias orientadas a limitar determinados usos de los deepfakes, exigir mecanismos de identificación de contenidos generados artificialmente y reforzar la supervisión humana de sistemas de IA que puedan afectar a derechos fundamentales.

Pero ninguna regulación podrá eliminar completamente el problema de fondo.

La tecnología continuará evolucionando a una velocidad muy superior a la capacidad de adaptación de los sistemas jurídicos. Y precisamente por ello la solución no puede consistir únicamente en incorporar más herramientas tecnológicas a los tribunales.

La verdadera respuesta pasa por fortalecer los mecanismos clásicos de garantía: el control judicial efectivo, la contradicción procesal, la presunción de inocencia, la motivación rigurosa de las resoluciones y la valoración crítica de la prueba.

Como viene sosteniendo Eric Vanden Berghe, el riesgo no es que la inteligencia artificial llegue a los procedimientos judiciales. Ese escenario ya es una realidad. El verdadero riesgo consiste en asumir que toda evidencia tecnológica es necesariamente fiable por el mero hecho de parecer técnica.

Porque en una época en la que una voz puede ser generada artificialmente, una imagen puede ser fabricada desde cero y una conversación puede ser manipulada con una apariencia casi perfecta de autenticidad, la prudencia jurídica deja de ser una virtud académica para convertirse en una exigencia esencial del Estado de Derecho.

La Justicia del siglo XXI necesitará más tecnología. Pero, sobre todo, necesitará más capacidad para cuestionarla.

Y precisamente ahí se encontrará uno de los grandes desafíos del proceso penal en los próximos años: proteger la búsqueda de la verdad en un mundo donde distinguir entre lo real y lo artificial será cada vez más difícil.

Últimos artículos

Explora más